Cuentos

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CAPITULO 1

Año 2005 después de Keuppia hyperbolaris

Todos los días Tane y Anne se levantan muy temprano para hacer sus labores diarias. Es algo importante pues de eso depende su supervivencia, sin embargo, la verdadera razón por la que lo hacen es para ver el mar. Ellos saben que ahí algún día estará la señal para escapar. Llevan más de 8 años atrapados en la Isla de Puʻuwai Hawaii con la esperanza de ver algún día el King Tide, que los lleve hacia un mejor futuro.

Los días pasan y el mar no crece. Es irónico, pues precisamente la marea baja es la que les permite ver a lo lejos el Volcán Tenjo-San en Kōzushima, un lugar que no conocen pero tienen la convicción que ahí serán felices.

El amor que alguna vez los llevó a la isla no existe más, simplemente queda el recuerdo como algo lejano. Los días se han vuelto una mera rutina: despertar, ver el mar, ir a la recolección diaria, entregar el tributo a los Tikis, preparar el fuego para ahuyentar a los monstruos de la noche y esperar para hacer lo mismo al día siguiente.

Antes de que se volviera una rutina trataron por un tiempo de recuperar la fuerza que los unía, hicieron todo tipo de ofrendas a Kanaloa pero nada funcionó. La única motivación que les queda es poder escapar.

A pesar de que la rutina los ha vencido no se odian, simplemente han dejado de amarse. Saben que la vida de cada uno depende del otro y cada día que pasa las recolecciones son menos fructíferas y los monstruos de la noche atacan con más fuerza. Ahora más que nunca son un equipo, nunca dejaron de ser aliados.

Anne desesperada por los crecientes peligros de la noche, decide ir sola a los Tikis para pedirle a Kanaloa que envíe una señal. Llena de esperanza, regresa al refugio y encuentra a Tane profundamente dormido. Sólo unos minutos después de haber llegado se percata de algo que no escuchaba en mucho tiempo: el viento sopla en dirección al oeste. Mira hacia el cielo y la luna está llena, ¡esa era la señal!. El Océano Pacífico los enviaría a su nuevo destino por la mañana.

Emocionada, despierta a Tane con un grito contenido por muchos años en su pecho: ¡prepara la Vimana porque el viento sopla al oeste en luna llena!. No hay tiempo que perder, es ahora o nunca, es momento de navegar. Él emocionado con tal noticia no duda un instante y prepara todo para el largo viaje.

A la mañana siguiente, al salir el sol, ambos se dirigen a la costa. Una vez ahí, no pueden creer lo que ven y se emocionan hasta las lágrimas. Al fin está frente a ellos el King Tide. Tane iza las velas de la Vimana y se arrojan al océano.

Cientos de millas marinas con enormes olas les hacen ver lo grande que es el Pacífico y ellos se entregan totalmente a la marea que los empuja hacia el oeste.

Los días pasan en el mar y surgen nuevas esperanzas, el poder de la Vimana va creciendo cada momento y ahora Tane puede montar olas con los pies. Ella también puede pero decide pasar los días descansando. Fueron años de un esfuerzo intenso y sólo puede pensar en disfrutar del momento.

Tane no puede evitar volverse a enamorar de Anne. El sólo contemplarla a lo lejos mientras monta las olas le hace ver la belleza que en algún momento dejó de apreciar. De nuevo los olores, los colores y sabores brillan más y de pronto está seguro que las cosas pueden cambiar, que el poder del mar y este viaje pueden dar vuelta su historia, no sólo la de ellos dos, sino la del mundo entero o lo que queda de él.

Anne también se siente diferente. Ella de alguna forma siempre estuvo lista, sólo estaba esperando que él reaccionara y estaba segura que era cuestión de recibir la señal. Los días pasan y la unión es más fuerte. La Vimana refleja cada vez más la fuerza de los dos.

Día tras día se acercan más a lo que ahora se ve claramente es Japón. En sus caras se puede ver la esperanza y la emoción de poder tocar tierra.

Ya cerca de la costa, Tane sale al mar para explorar como todos los días desde que salieron de Hawaii. Suele encontrar de vez en cuando arrecifes, algún animal marino o aves, pero ningún tipo de vida inteligente, hasta que un día escucha unas voces a lo lejos, cambia la ruta de su habitual paseo y se dirige hacia esos sonidos: son sirenas. Ellas parecen estar locas y algo alteradas, no paran de hablar pero no parecen hacerlo entre ellas. Más bien cada una tiene una frase que repite sin parar, como un llanto o un alarido con un mensaje tétrico.

Él trata de hablarles pero no logra nada porque están en trance. Después de un rato una de ellas sale de aquél estado y lo mira fijamente a los ojos para decirle: ¡cuidado, Japón no es una isla! Él, confundido, pregunta “¿qué significa eso?” La sirena no responde pero otra le dice “al llegar a Japón encontraras varias costas ¡no dudes!. Toma rápido tu decisión a la hora de atracar, porque todas las islas son Japón, pero la correcta sólo es una… no dudes, usa el instinto”. Una tercera sirena le grita “¡cuidado con el mar! ¡cuidado con los maremotos! ¡cuidado con el viento! ¡cuidado!”

Confundido y alterado, Tane se aleja de las sirenas para contarle su experiencia a Anne. Incrédula y algo molesta, le dice que se calle porque no quiere perder su tiempo hablando tonterías. Él insiste, pero ella le repite que no quiere hablar de eso.

Ese mismo día, al caer la tarde, Japón ya es una realidad. Cada vez está más cerca y poco a poco se empieza ver cómo el sol de la tarde pega en más de una costa. Las sirenas tenían razón, no es una isla sino muchas de ellas: el volcán que veían a lo lejos no era siempre el mismo y los engañaba la distancia, a veces era uno, a veces otro.

Confundidos por las múltiples posibilidades dudan en tomar una decisión. Empiezan a discutir cada vez más fuerte sin percatarse que cae la noche y algo crece y crece a su alrededor.

CAPITULO 2. El derrumbe y los restos

Repun Kamuy fue siempre celoso de los visitantes a la tierra de los Ainu y ve como un peligro cualquier cuerpo con vida que se acerque a las islas de Japón. Cuando la Vimana al fin estuvo cerca de la costa, él ya los estaba esperando. Rápido y de un solo zarpazo el Dios lanzó un ataque hacia el navío en forma de maremoto.

No había mucho que Tane y Anne pudieran hacer.

Olas gigantes, volcanes en erupción, una ballena asesina. Todo pasaba al mismo tiempo de forma sincronizada y sin darles respiro para recuperarse. Era un espectáculo aterrador, solo pensado para ellos.

Era el principio del fin.

Por más que trataron de salvar la Vimana fue imposible. Cada ola que rompía contra ella le desmembraba un parte, como si se tratara de un cuerpo torturado y mutilado.

El maremoto abrió la tierra bajo el mar y lo que antes era un infinito cúmulo de agua ahora es un pequeño río que fluye atrapado entre rocas y lava. Por si fuera poco, el poder de Repun Kamuy no solo estaba en orquestar el ataque sino en debilitar el estado consiente de la pareja que, sin darse cuenta, empezaban a entrar en un profundo sueño. Desesperado y tratando de mantenerse despierto, Tane toma a Anne de la mano y saltan de la Vimana para no morir aplastados entre los restos.

Ya en el río y a la deriva, la corriente los aleja de la costa mientras permanecen en un profundo estado de inconciencia. Están dormidos.

La certeza de comenzar una nueva vida, se desvaneció cuando el mar les hizo notar su fuerza. La nave, la esperanza y el amor fueron destruidos en un instante.

Ahora eran náufragos, ahora eran sólo resto.

CAPÍTULO 3. LA DENSIDAD DEL FONDO

Anne fue la primera en despertar. No podía creer lo que veía a su alrededor pero no había tiempo para lamentarse por la destrucción, era momento de emprender el nado. Tomó de la mano a Tane y comenzó a nadar hacia el oeste de manera desesperada. Ya no importaba a qué costa llegar sino alcanzar al primer punto de tierra firme. Tane tardó algo más en recuperar la conciencia. No preguntó mucho al despertar. Entendía perfectamente lo que estaba pasando, sencillamente facilitó las cosas para Anne y empezó a nadar en la misma dirección.

Kilómetro tras kilómetro nadaban sin tomar un momento de descanso. Irónicamente la corriente arrastraba los restos de la Vimana a su lado, era como si a propósito el mar les quisiera recordar su naufragio.

Llegó el punto en que Tane no pudo más. Las primeras palabras que salieron de su boca desde de la trágica noche anterior fueron: no puedo seguir. Anne fue directa en su repuesta: “lo siento, yo tengo que seguir. Si quieres, puedes quedarte sobre aquellas rocas que se ven ahí, descansa y cuando recuperes la fuerza, me alcanzas. Mira, ya se ve la costa y no voy a esperarte”.

Fue un momento muy doloroso. Años de ser uno solo, años de ser un equipo. Se miraron con miedo y se despidieron como si fuera la última vez. Anne, que había mantenido a Tane sujetado a ella todo el tiempo, soltó su mano y siguió el nado. Un par de horas más tarde Anne llega a Kunashiri donde los Aiuno la reciben como uno de los suyos. Al fin está a salvo. Tane, siendo presa del cansancio y del miedo, busca acorazarse en las rocas, pero las olas golpean fuerte sobre él, por lo que opta por una nueva estrategia: regresar hacia los restos de la vimana para flotar sobre ellos.

Mientras nada, piensa en todo lo acontecido. La tristeza lo embarga y de pronto, cuando ya está cerca de los restos de la nave, se suelta al mar y se deja caer. Sabe que no regresará, sabe que no intentará llegar a la costa, sólo deja que su cuerpo sea absorbido por la profundidad del mar, como si le surrara al oído “déjalo todo”. Tembloroso y de manera perversa, como disfrutando su propio dolor, se entrega a la muerte. No lucha. Cada vez más hondo ve de lejos la superficie y al hacerlo no puede evitar pensar que si hubiera nadado un poco más ahora estaría con Anne, siendo uno, como siempre había pensado. Él fue debil y lo sabe.

Un haz de luz llega hasta el punto más hondo del mar como si fuera el reflejo de Anne que brilla a lo lejos, es todo no hay más que eso y en su memoria, los restos. Algo tiene la densidad del fondo del mar, algo tienen las frías aguas que lo hacen sentirse él mismo por primera vez. En la oscuridad al fin está seguro a pesar de la muerte.

CAPÍTULO 4. PULPOS

Cuando todo parecía llevar a Tane a una muerte inminente, del fondo del mar apareció un grupo de pulpos gigantes. Tenían ventosas azul fluorescente con piel morada azulosa, no cambiaban de color para esconderse, parecía no importarles el camuflaje pero lo más extraño es que se comportaban como si fueran seres inteligentes: la manera en cómo lo veían era casi humana.

Tane no sintió temor, ya nada podía estar peor.

Uno de los pulpos, el más grande de todos, parecía ser el líder. Todos se acomodaban a su nado y de alguna forma dirigía los movimientos de los otros. Los pulpos empezaron a rodear a Tane y acercarse a él cada vez más.

El más grande de los Pulpos era Ryuta, es lo que los octópodos llaman un explorador. Él busca a los posibles cruzantes. Tane tenía la marca que lo identificaba como uno de ellos, el anillo en su dedo.

Ryuta abrió su enorme boca para devorar a Tane o al menos eso pensaba él. Una vez en la boca del pulpo, Tane no opuso resistencia. Para su sorpresa, no sólo no lo devoró, sino que la boca del octópodo era tan cómoda como el útero de una madre, húmeda, cálida, confortable.

Ya teniendo a Tane con ellos, los pulpos se dirigieron hacia lo más hondo, tan hondo como nunca un humano sería capaz de llegar por sí mismo y ahí, en lo más profundo del mar, estaba la puerta: el umbral hacia Keuppia hyperbolaris.

Al llegar a la tierra de los pulpos, Ryuta escupe de su boca a Tane que sale rebotando por el suelo. Su cuerpo ha cambiado, ya no es más un humano. Ahora es un pulpo.

Desorientado por la situación, trata de controlar su nuevo cuerpo y su nueva vida. Ahora está en Keuppia hyperbolaris.

CAPÍTULO 5. RENACER

La Biodinámica de nacer por segunda vez es tan traumática como la primera. Uno nace desorientado después de estar durante un tiempo en el lugar más seguro y tranquilo del universo. Nos arrojan a un mundo donde todo es diferente y todos esperan que nos acoplemos de manera normal.

Tane no puede creer lo que ve: ocho tentaculitos, son suyos, son parte de él. Al mirar las ventanas de los edificios se puede ver en su reflejo, un pulpo igual que todos los que ve a su alrededor, pero en chiquito…un bebé.

“Hola. Bienvenido, Tane. A partir de hoy te llamaras Arata”. Al oír esto se sorprende porque se da cuenta que las palabras no llegan a sus oídos. No tiene oídos. Las palabras de Ryuta entraban en su cabeza. De repente, como una estampida de ideas, escucha a los demás que están a su alrededor: ¡hola!, ¡bienvenido!, ¡qué bueno que estés aquí!, ¡te esperábamos!, ¡levántate!. Tantas palabras de distintos pulpos, todas al mismo tiempo, era demasiado para Arata.

Se dio cuenta que, aunque se veía como un bebé no lo trataban como tal, le hablaban como a un adulto y esperaban respuestas de un adulto. Con miedo dijo sus primeras palabras: Hola, ¿dónde estoy y por qué me veo así?

Minori fue la que le contestó: estás en Keuppia hyperbolaris, ¡bienvenido!. Te ves así porque este es tu nuevo cuerpo. Haz renacido, ¡felicidades!, no a todos se les otorga esa oportunidad. Todos aquí somos renacidos. Todas tus memorias las traes contigo de tu primera vida y todas tus habilidades también, pero aquí necesitarás otras nuevas, en eso eres como un bebé, tendrás que aprender a andar en este nuevo cuerpo y a entender nuestra sociedad como todos antes lo hicimos, una cosa que ayuda es que hablamos con la mente, nosotros entendemos.

Cuando Minori dijo nosotros entendemos se dio cuenta que no se refería a las palabras y por primera vez no se sintió un extraño, estaba con los suyos.

Al paso del tiempo Arata fue creciendo y como bien dijo Minori las memorias de la vida pasada permanecieron con él, no podía evitar pensar en Anne.

Lejos de entenderse a él mismo, Arata se sentía incómodo en su nueva piel. Y no era que no pudiera adaptarse, sino que las cosas iban muy rápido, tan rápido que sentía que a cada paso que daba, se alejaba más de Anne.

Todos los días, sin poder evitarlo, pensaba en ella. Se preguntaba si seguía en algún lugar lejano siendo quien era, si fue lo suficientemente fuerte como para llegar a la costa y, si ahora que estaba sin él permanecía con la misma fortaleza. Todas estas preguntas lo atormentaban.

Ryuta, consciente de lo que pasaba por la cabeza del nuevo pulpo, un día se acercó y le dijo algo que recordaría por siempre: “Arata, la soledad siempre mira hacia adelante. Tu escogiste ser un alma solitaria, todos aquí lo hemos hecho, así somos y está bien. Debes aprender a soltar los restos del pasado”. Alterado, contestó que donde quiera que Anne estuviera él estaría con ella, que su cabeza no podía soltarla y no era cuestión de querer sino de poder hacerlo. Entonces Ryuta le contestó que no era necesario olvidar sólo soltar y avanzar.

Nosotros los pulpos estamos aquí y ahora y sólo podemos avanzar.

Arata no lo entendió en ese preciso momento, pero poco a poco su vida fue cambiando y se fue acoplando a su nueva forma. Un día, sin darse cuenta, ya estaba del todo adaptado, sin embargo nunca olvidó a Anne y en honor a su memoria escribió esta historia para que nunca nadie pudiera olvidarla.

Todos somos Pulpos.