CAPÍTULO 3

Anne fue la primera en despertar. No podía creer lo que veía a su alrededor pero no había tiempo para lamentarse por la destrucción, era momento de emprender el nado. Tomó de la mano a Tane y comenzó a nadar hacia el oeste de manera desesperada. Ya no importaba a qué costa llegar sino alcanzar al primer punto de tierra firme.

Tane tardó algo más en recuperar la conciencia. No preguntó mucho al despertar. Entendía perfectamente lo que estaba pasando, sencillamente facilitó las cosas para Anne y empezó a nadar en la misma dirección.

Kilómetro tras kilómetro nadaban sin tomar un momento de descanso. Irónicamente la corriente arrastraba los restos de la Vimana a su lado, era como si a propósito el mar les quisiera recordar su naufragio. Llegó el punto en que Tane no pudo más.

Las primeras palabras que salieron de su boca desde de la trágica noche anterior fueron: no puedo seguir. Anne fue directa en su repuesta: “lo siento, yo tengo que seguir. Si quieres, puedes quedarte sobre aquellas rocas que se ven ahí, descansa y cuando recuperes la fuerza, me alcanzas. Mira, ya se ve la costa y no voy a esperarte”. Fue un momento muy doloroso. Años de ser uno solo, años de ser un equipo. Se miraron con miedo y se despidieron como si fuera la última vez. Anne, que había mantenido a Tane sujetado a ella todo el tiempo, soltó su mano y siguió el nado.

Un par de horas más tarde Anne llega a Kunashiri donde los Aiuno la reciben como uno de los suyos. Al fin está a salvo. Tane, siendo presa del cansancio y del miedo, busca acorazarse en las rocas, pero las olas golpean fuerte sobre él, por lo que opta por una nueva estrategia: regresar hacia los restos de la vimana para flotar sobre ellos.

Mientras nada, piensa en todo lo acontecido. La tristeza lo embarga y de pronto, cuando ya está cerca de los restos de la nave, se suelta al mar y se deja caer. Sabe que no regresará, sabe que no intentará llegar a la costa, sólo deja que su cuerpo sea absorbido por la profundidad del mar, como si le surrara al oído “déjalo todo”. Tembloroso y de manera perversa, como disfrutando su propio dolor, se entrega a la muerte.

No lucha. Cada vez más hondo ve de lejos la superficie y al hacerlo no puede evitar pensar que si hubiera nadado un poco más ahora estaría con Anne, siendo uno, como siempre había pensado. Él fue debil y lo sabe. Un haz de luz llega hasta el punto más hondo del mar como si fuera el reflejo de Anne que brilla a lo lejos, es todo no hay más que eso y en su memoria, los restos.

Algo tiene la densidad del fondo del mar, algo tienen las frías aguas que lo hacen sentirse él mismo por primera vez. En la oscuridad al fin está seguro a pesar de la muerte.