CAPÍTULO 4

Cuando todo parecía llevar a Tane a una muerte inminente, del fondo del mar

apareció un grupo de pulpos gigantes. Tenían ventosas azul fluorescente con piel morada azulosa, no cambiaban de color para esconderse, parecía no importarles el camuflaje pero lo más extraño es que se comportaban como si fueran seres inteligentes: la manera en cómo lo veían era casi humana.
Tane no sintió temor, ya nada podía estar peor.

Uno de los pulpos, el más grande de todos, parecía ser el líder. Todos se
acomodaban a su nado y de alguna forma dirigía los movimientos de los otros.

Los pulpos empezaron a rodear a Tane y acercarse a él cada vez más.

El más grande de los Pulpos era Ryuta, es lo que los octópodos llaman un
explorador. Él busca a los posibles cruzantes. Tane tenía la marca que lo
identificaba como uno de ellos, el anillo en su dedo.

Ryuta abrió su enorme boca para devorar a Tane o al menos eso pensaba él. Una vez en la boca del pulpo, Tane no opuso resistencia. Para su sorpresa, no sólo no lo devoró, sino que la boca del octópodo era tan cómoda como el útero de una madre, húmeda, cálida, confortable.

Ya teniendo a Tane con ellos, los pulpos se dirigieron hacia lo más hondo, tan hondo como nunca un humano sería capaz de llegar por sí mismo y ahí, en lo más profundo del mar, estaba la puerta: el umbral hacia Keuppia hyperbolaris.

Al llegar a la tierra de los pulpos, Ryuta escupe de su boca a Tane que sale rebotando por el suelo. Su cuerpo ha cambiado, ya no es más un humano. Ahora es un pulpo.

Desorientado por la situación, trata de controlar su nuevo cuerpo y su nueva vida.

Ahora está en Keuppia hyperbolaris.